Carta a don Rafael El Gallo

Parte II

Rafael Rafael Gómez Ortega "El Gallo", Fototeca EFE

Apreciado don Rafael

Cuando llegué a Sevilla hace un año, no tenía fecha de vuelta. Pretendía quedarme el tiempo que hiciera falta hasta aprenderlo todo sobre el toreo. Ahora me doy cuenta de que habría necesitado más de tres vidas para conseguirlo ¡Qué atrevida es la ignorancia, maestro! Pero por aquel tiempo creía que para lograr mi objetivo, lo mejor sería seguir los pasos de su hermano, que había sido un niño prodigio del toreo, el mejor y más grande de los toreros hasta entonces conocidos. Eso decían los entendidos, los toreros ya retirados, los toreros en activo, la afición y hasta la crítica taurina. Pero José Gómez Ortega, que lo había conseguido todo y antes que nadie, como tomar la alternativa con 17 años, también se había convertido, desde dos años antes, en el centro de la crítica, acusado de todos los males de la Fiesta.

Desde 1918, coincidiendo además con la inauguración en Sevilla de la plaza de toros de la Monumental de San Bernardo que había construido mi tío, Joselito llevó en solitario el peso de reinar en esto que ustedes llaman la Fiesta de los Toros. Es verdad que también estaba Juan Belmonte, el revolucionario torero del popular barrio de Triana del que me había hablado tanto mi tío. Pero Belmonte, que se había casado por poderes con Julia Cossío Pomar disfrutaba de una larga luna de miel en América. Joselito se había quedado solo con el peso de la Fiesta. Y los públicos y gran parte de la crítica se enzarzaron con él.

La Alameda, Sevilla y Nueva York

Con este ambiente, e invitada como sabe por mi tío José Julio Lissen, gran partidario de su hermano, llegué a Sevilla en septiembre de 1919. Para mi Sevilla era una ciudad diferente, mágica y maravillosa. ¡Eran tan distintas Sevilla y Nueva York! “A mi ciudad llegaban centenares de inmigrantes, gente miserable, sobre todo judíos y polacos, desdichados que se apretujaban en las pasarelas como el ganado que se apelotona en la mangada. Esperaban a que los agentes de admisión los examinaran, como los veterinarios examinan a las reses que van al matadero y sin contemplaciones aceptaban a unos y rechazaban a otros”.

Como sabe, los problemas de Sevilla estaban relacionados con el abastecimiento de agua potable, un alcantarillado insuficiente y anticuado, el mal estado de la pavimentación y la falta de viviendas sociales. En esto no había mucha diferencia ya que gran parte de la población vivía en corrales de vecinos muy envejecidos y en condiciones infrahumanas.

Y mire lo que le digo, don Rafael, tuve la oportunidad de intercambiar impresiones con Juan Belmonte sobre este asunto, ya que había conocido Nueva York gracias a sus viajes a México para hacer campaña americana. El mismo Belmonte me dijo que mi ciudad no le gustaba, con esa forma tan particular suya de expresarse:

“Es demasiado grande y demasiado distinto. Ni aquellas simas profundas eran calles ni aquellas hormiguitas apresuradas eran hombres, ni aquel hacinamiento de hierros y cementos, puentes y rascacielos, era una ciudad. Va un hombre por una calle de Sevilla pisando fuerte para que llegue hasta el fondo de los patios el eco de sus pasos sonoros, mirando sin tener que levantar la cabeza a los balcones, desde donde sabe que le ven a él, llenando la calle toda con su voz grave y bien entonada cuando saluda a un amigo con quien se cruza: «¡Adiós, Rafaé…!» y da gloria verlo y es un orgullo ser hombre y pasar por una calle como aquella y vivir en una ciudad así. Pero en Nueva York, donde un hombre no es nadie y una calle es un número, ¿cómo se puede vivir?”. (Biografía ‘Juan Belmonte, matador de toros’, de Manuel Chaves Nogales)

El caso es que a los dos días de llegar a Sevilla, yo estaba completamente de acuerdo con  Belmonte.

Sevilla era una ciudad cercana que me impactó conocer. Me encandiló el ambiente de sus tertulias taurinas, habituales y concurridas en los cafés de la calle Sierpes: el Central, el Nacional y el Royal. Y también los cafés de la Perla, en la calle Granada, y el  París en la plaza de la Campana. ¿Y qué decir del entorno de la Alameda donde usted y su familia tenían su casa?  Mi rincón favorito era un kiosco llamado “Plus Ultra”, de Pepe Gavira, uno de aquellos amigos de la infancia de Joselito que quiso ser torero. A mí me gustaba este sitio porque era el lugar de encuentro de aficionados a los toros, al cante y al fútbol, un deporte que se empezaba a poner de moda en el país. Era sobre todo donde se reunían los seguidores de Joselito y del Real Betis Balompié, uno de los dos equipos de fútbol de la ciudad al que me aficioné.

Kioscos de bebidas, puestos de pescao, espectáculos al aire libre de cante y baile, el cine de verano, calesitas, columpios de barcas, teatros infantiles de cristobitas durante el día, daban paso a la vida nocturna de la zona de la Alameda en los bares de alterne, los cabarés como el Zapico, que competía con el Kursaal, Internacional y las casas de citas. Como le digo, me impactó conocer esta doble vida que no paraba ni de día ni de noche.

Me encandiló el ambiente de sus tertulias taurinas, habituales y concurridas en los cafés de la calle Sierpes: el Central, el Nacional y el Royal. Y también los cafés de la Perla, en la calle Granada, y el  París en la plaza de la Campana.

Porque en la Alameda era donde se toreaba de salón. En San Bernardo, en el matadero era donde se aprendía a dar la puntilla, lugar donde estaba Limeño compañero de Joselito en esta cuadrilla de Niños Toreros de la Puerta de la Carne. Joselito toreaba a su perra Diana y allí en esa amplia plaza arbolada que era la Alameda, Fernando el Gallo, hermano de José y un auténtico mago del capote, adiestró a una excelente generación de banderilleros sevillanos.

También estaban las barberías, lugar en el que se hablaba más y mejor de toros. Eran centros de reunión, tertulias y opinión incluso hasta más allá del cierre. Aquí encontré la barbería de Bartolomé Beltrán, que como bien sabe, era un auténtico gallista que comenzó su vocación con usted, don Rafael, y luego llegó a convertirse en un propagandista de su hermano. ¿Es verdad que fue Federico Gonzalez el único que le cortó la coleta a Joselito? Él fue uno de los amigos infantiles de José Gómez Ortega al que continuó unido de por vida, como su maestro barbero.

Sé que su familia siempre estuvo vinculada al barrio macareno desde que dejaron la Huerta de Algarrobo de Gelves. He de confesarle que me habría gustado conocer esas tertulias en las que era costumbre desmonterarse cuando se hablaba de Lagartijo. La verdad es que pienso que habiendo nacido en la casa de sus padres, don Fernando Gómez y doña Gabriela Ortega, no se podía ser otra cosa que torero. Los Gómez y los Ortega eran familias toreras. El primer gallito fue un tío suyo, banderillero de Lagartijo y el mayor técnico de su tiempo. Los primeros toreros de la familia Ortega habían aprendido el oficio en el matadero de Cádiz.

Pregón taurino Tertulia Taurina Macarena (12 de abril de 2015)

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