La casa de Joselito

Parte III

Creo que no hubo mejor escuela que esa para usted y su hermano Fernando, don Rafael. Ya sé que José se quedó huérfano a los dos años y que al llegar a la capital cambiaron de domicilio hasta en diez ocasiones. Pero el palacete que yo conocí en el número 73 de la Alameda de Hércules fue, desde luego, el centro de atención del mundo del toro por lo menos entre 1914 y 1920. En el número 76 estaba la Casa de Chicuelo, que junto a la de su familia y la casa de las Sirenas eran los tres edificios más emblemáticos de la Alameda.

Me consta que hasta la muerte de su madre, Gabriela Ortega, una gitana de Cádiz que era bailaora en el sevillano café de la Escalerilla, su hermano mantuvo tertulias de amigos y en su despacho de celebraron reuniones trascendentes en situaciones críticas para la fiesta. Y yo, que quería saberlo todo, sentía curiosidad por conocer al torero más allá de la plaza de toros, en su casa y en su ambiente, entre amigos, en su espacio íntimo y menos teatral que el de las tardes de corridas.

Y sentía mucha curiosidad por entrar en la capilla que su hermano había dedicado a Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y a nuestra Señora de la Esperanza Macarena. Esa capilla que trasladó desde la calle Santa Ana y que fue bendecida por Fray Diego de Valencina el 23 de octubre de 1913. En esa capilla donde se escuchaba misa los días festivos y donde rezaba su madre las tardes de corrida.

En la casa había dos despachos, uno suyo y otro de su hermano. Eran las dos primeras estancias desde la escalinata y antes de llegar al patio. José tenía una enorme caja de caudales, usted no. Quizá porque su hermano estuvo siempre más preocupado por mantener el bienestar económico de la familia, ya que sus padres, Fernando y Gabriela se gastaban el dinero con la misma facilidad que lo ganaban, organizando fiestas en su casa sevillana y ayudando a todos los que le pedían ayuda. Usted y Fernando heredaron este talante, y no se enfade, pero ambos se gastaban sin tope sus recursos. Joselito se preocupaba más y mucho por los honorarios que recibía por torear, no porque fuera muy ambicioso sino porque cobrar más que los demás y hacer que los empresarios se lo pagaran era un símbolo más de su autoritaria vocación torera.

Recuerdo que el despacho de Joselito era moderno, era el despacho de un torero. Sin embargo me llamó la atención algo del suyo, que para mí, define su genialidad don Rafael. Usted tenía una caja de reloj sin reloj, tenía, como su hermano, retratos familiares, y un busto del rey Don Alfonso, una bendición apostólica con indulgencia plenaria concedida por el Papa Pío X y un cuadro titulado “al corral” de Roberto Domingo en el que se copiaba una tarde de un desastre taurino suyo.

Me hizo mucha gracia la historia que usted mismo me contó. Lo vio en una exposición de asuntos taurinos: era una plaza de toros en la que el público trataba de arrojarse al ruedo. Había un torero que pinchaba desesperadamente en el cuello de un toro que sangraba por todas partes; al fondo, se veían los cabestros para llevarse al toro el corral. Y había otro torero con la pechera desgarrada en actitud de desafío ante un toro que rodaba de una estocada: “Este es el Machaquito, y este soy yo”, me dijo.

Lo compró con la condición de que el autor sustituyera la cabeza del torero por la suya. Así se hizo y ahí estaba ese cuadro desentonando con su despacho repleto de muebles antiguos. También estaba la cabeza de un toro con las dos orejas cortadas, que fue el primero que mató en Valencia después de la grave cogida que tuvo usted en Algeciras, un buen ejemplar de Pablo Romero.

Admiro su personalidad, don Rafael, no todo el mundo es capaz de ser tan crítico y reírse de  uno mismo.

Pregón de la Tertulia Taurina Macarena (12 de abril de 2015)

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