Parte IV

La Virgen de la Esperanza Macarena de luto riguroso. ©Juan José Serrano.
He de reconocer que una de las cosas que más me sorprendió fue la devoción de Joselito por la Virgen de la Macarena, la virgen de los sevillanos. Para mí todo era muy nuevo en este asunto pero a pesar de ello, y sin entender nada de Semana Santa, de imaginería ni de hermandades, me cautivó el rostro de aquella imagen única, de indescriptible belleza a la que Sevilla entera y Joselito de manera particular, confiaba sus anhelos y depositaba todas sus esperanzas.
Me cautivaron aquellas cinco mariquillas, las esmeraldas verdes que prendían de su pecho y que me dijo usted que le había regalado su hermano después de comprarlas en una joyería de París. Se las entregó a su Virgen y ya no se las quitó. Joselito, fiel devoto y cofrade desde que juró las reglas en 1912, toreó gratis en beneficio de la hermandad en la que vestía la túnica de nazareno cada Madrugá. José era constante e iba a rezarle todos los sábados con algún amigo unos minutos antes del cierre de la parroquia, camino de su tertulia del café Nacional.
Y me contó, don Rafael, que en 1913, se encerró con seis astados en la Maestranza para comprarle una corona de oro a su Virgen. Le regaló un traje blanco para hacerle una saya nueva y hasta le preguntó al insigne Juan Manuel Rodriguez Ojeda, meses antes de que Bailaor se cruzara en su camino, cuánto costaría hacerle unos varales de oro al paso de palio. Tenía previsto matar otros seis toros en Sevilla ese mismo año. Y, no solo eso: también tuvo mucho que ver con el diseño de la ropa de los que llaman los Armaos, que me explicaron que representan una centuria romana que acompaña al señor de la Sentencia. Como bien sabe, Joselito pagó uno por uno los ropajes de los soldados romanos.
¿Romanos en Sevilla? ¿Cómo podía ser? ¡Era todo tan increíble! Pero ya me di cuenta, don Rafael, que en Sevilla todo era posible. Es más, creo, sin riesgo a equivocarme, que descubrí que existe un lenguaje universal que va más allá de los conocimientos. Me ocurrió con el toreo y también me ocurrió con este rito y tradición que es la Semana Santa.
No es otra cosa que el lenguaje de los sentimientos, el mismo que hizo que me emocionara cuando entré en San Gil y vi por primera vez la belleza infinita del rostro de la Macarena. Si no por qué una americana como yo, iba descubrirse llorando sin motivo y sin razón al contemplar la imagen de la Virgen de la Esperanza Macarena.
Así lo sentía Gallito, que era consiliario de la hermandad cuando murió en Talavera de la Reina. Yo no sabía muy bien qué significaba ese cargo pero venía a ser como un consejero o asesor del que llamaban el Hermano Mayor, que debía ser como un jefe, el que mandaba. Un cargo importante para quien lo había dado todo por su hermandad y a quien la hermandad reconoció su entrega cuando en 1916, José, aquejado de aquellas fiebres gástricas que padecía de forma recurrente, no pudo salir de nazareno. Fue entonces cuando se decidió cambiar el camino de regreso: si Joselito no pudo acompañar a la Macarena, sería la Macarena la que fuera a verlo a él.
Aquel año, como bien sabe, la Esperanza volvió por la Alameda para pasar por la casa de su más fiel devoto. Me imagino la emoción que debió sentir cuando vio venir a su Virgen. Había venido a verlo su madre, la Esperanza, la misma que le salvó la vida aquella tarde en San Sebastián cuando al entrar a matar a un toro de Saltillo, este lo prendió por el pecho.
La medalla de oro y diamantes que le había regalado su madre en la tierra, la señá Gabriela, evitó el percance. Aquello fue en el año 1913 y aquella medalla de la Macarena, abollada por el impacto del pitón, ya no se separaría del torero. Ni la Macarena de él. Las mariquillas que le regaló a su virgen siempre lucieron en su pecho. La Macarena nunca lo abandonó, hasta el punto de que se vistió de luto por su muerte. Como el propio Joselito se vistió de luto por su madre, la bailaora gitana, Gabriela Ortega.
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