Parte VI

La rivalidad dela Maestranza y la Monumental era lo mismo que enfrentar a belmontistas con gallistas. No podía entender cómo personas que no habían visto torear ni a uno ni a otro, se enzarzaban en acaloradas discusiones que podían llegar a las manos.
La competencia era furibunda entre los partidarios que querían verlos enzarzados hasta fuera de la plaza. Esta competencia venía de lejos y empezó en el año 1914. Me lo confirmó, el propio Belmonte: “El público y las empresas se obstinaban en colocarnos frente a frente… Joselito era un rival temible: su pujante juventud no había sentido aún la rémora de ningún fracaso… Frente a él yo tomaba fatalmente la apariencia de un simple mortal que para triunfar ha de hacer un esfuerzo patético…” (biografía ‘Juan Belmonte, matador de toros’, de Manuel Chaves Nogales)
De hecho, desde la temporada de 1914 solo interesaban José y Juan. Por lo que escuchaba en la tertulias y leía en la crítica, ambos representaban cosas opuestas: la inteligencia frente a la voluntad; la ortodoxia frente a la heterodoxia. José era el clasicismo, la tradición, del lado de la burguesía y la aristocracia, de los ganaderos y los profesionales. Juan era una revolución, con la se identificaban los intelectuales y el pueblo.
Aunque bien es verdad, don Rafael, que también tuvo José amistad con intelectuales como José Bergamín, presentado por su cuñado Ignacio Sánchez Mejías. Bergamín enfocó el toreo de Gallito desde una perspectiva superior. Para él, “Belmonte fue una mala revolución y Joselito un Renacimiento”.
Joselito vivía por y para el toro. Eduardo Miura dijo de él que parecía que lo había parido una vaca. El Guerra, como califa del toreo y figura máxima hasta su retirada dijo de él muchas cosas buenas: “Ya tengo torero. Ese niño ha hecho cosas que no hemos hecho más que Lagartijo, yo y él”.
Como comprenderá, don Rafael, alguien como yo que estaba aprendiendo sobre el toreo, no entendía la mitad de los términos que se utilizaban pero me quedaba con la idea que todos repetían: su hermano José era un obseso de la lidia perfecta. Su ambición y su orgullo profesional no podían permitirle un mínimo desliz. Vivía por y para el toro. Dominaba el toreo de principio a fin. Conocía al toro en la plaza porque lo conocía en el campo, sabía incluso rejonear.
Ya sabe que su hermano era un rehiletero excepcional y muy poderoso. Durante la lidia evitaba capotazos innecesarios, con la muleta era un dominador que disfrutaba en las situaciones límite y cuando algunos lo consideraron un ventajista, imagino que recuerda cómo lo defendió Antonio Fuentes: “ha sido el torero más valiente de todos los que han salido, como el Guerra, eliminó la sensación de peligro de los ruedos”.
¿Pero tendría miedo José delante los toros? Es algo que siempre me pregunté. Esa forma de dominar la situación, de saber qué hacer en todo momento, quizá se malinterpretaba. El peligro estaba siempre presente. No dejaba de pensar que en el ruedo, por muy seguro que estuviera el torero de lo que hacía, tenía delante un animal, un toro bravo del que se esperaba, pelea, riesgo, peligro, emoción. ¿No cree usted que José nos enseño que el arte y el miedo son compatibles?
José era un sabio. Según escribió el periodista peruano Felipe Sassone, Joselito “Tenía todo el toreo en la cabeza y cuando vio hacer a alguien lo que no se podía hacer, él también quiso hacer lo imposible y logró convertir la ajena audacia en propia sabiduría”. Entonces, como bien sabe, fue cuando José se templó y Juan se profesionalizó incluso en los papeles sociales. Es entonces cuando entendí que José y Juan estaban compenetrados porque sabían que se necesitaban.
Joselito, que salía al paseíllo con una sonrisa en los labios, fuera de la plaza era tímido, afable y nada ostentoso, le molestaba la popularidad. Se mordía el labio cada vez que se sentía incómodo pero el caso es que con veinte años era el gestor de la Tauromaquia. Vivió con apenas veinte años toda la pasión del poder. Joselito estaba al tanto de todo y también por ello casi siempre era acusado de todo.