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La rivalidad entre belmontistas y gallistas

Parte VI

La rivalidad dela Maestranza y la Monumental era lo mismo que enfrentar a belmontistas con gallistas. No podía entender cómo personas que no habían visto torear ni a uno ni a otro, se enzarzaban en acaloradas discusiones que podían llegar a las manos.

La competencia era furibunda entre los partidarios que querían verlos enzarzados hasta fuera de la plaza. Esta competencia venía de lejos y empezó en el año 1914. Me lo confirmó, el propio Belmonte: “El público y las empresas se obstinaban en colocarnos frente a frente… Joselito era un rival temible: su pujante juventud no había sentido aún la rémora de ningún fracaso… Frente a él yo tomaba fatalmente la apariencia de un simple mortal que para triunfar ha de hacer un esfuerzo patético…” (biografía ‘Juan Belmonte, matador de toros’, de Manuel Chaves Nogales)

De hecho, desde la temporada de 1914 solo interesaban José y Juan. Por lo que escuchaba en la tertulias y leía en la crítica, ambos  representaban cosas opuestas: la inteligencia frente a la voluntad; la ortodoxia frente a la heterodoxia. José era el clasicismo, la tradición, del lado de la burguesía y la aristocracia, de los ganaderos y los profesionales. Juan era una revolución, con la se identificaban los intelectuales y el pueblo.

Aunque bien es verdad, don Rafael, que también tuvo José amistad con intelectuales como José Bergamín, presentado por su cuñado Ignacio Sánchez Mejías. Bergamín enfocó el toreo de Gallito desde una perspectiva superior. Para él, “Belmonte fue una mala revolución y Joselito un Renacimiento”.

Joselito vivía por y para el toro. Eduardo Miura dijo de él que parecía que lo había parido una vaca. El Guerra, como califa del toreo y figura máxima hasta su retirada dijo de él muchas cosas buenas: “Ya tengo torero. Ese niño ha hecho cosas que no hemos hecho más que Lagartijo, yo y él”.

Como comprenderá, don Rafael, alguien como yo que estaba aprendiendo sobre el toreo, no entendía la mitad de los términos que se utilizaban pero me quedaba con la idea que todos repetían: su hermano José era un obseso de la lidia perfecta. Su ambición y su orgullo profesional no podían permitirle un mínimo desliz. Vivía por y para el toro. Dominaba el toreo de principio a fin. Conocía al toro en la plaza porque lo conocía en el campo, sabía incluso rejonear.

Ya sabe que su hermano era un rehiletero excepcional y muy poderoso. Durante la lidia evitaba capotazos innecesarios, con la muleta era un dominador que disfrutaba en las situaciones límite y cuando algunos lo consideraron un ventajista, imagino que recuerda cómo lo defendió Antonio Fuentes: “ha sido el torero más valiente de todos los que han salido, como el Guerra, eliminó la sensación de peligro de los ruedos”.

¿Pero tendría miedo José delante los toros? Es algo que siempre me pregunté. Esa forma de dominar la situación, de saber qué hacer en todo momento, quizá se malinterpretaba. El peligro estaba siempre presente. No dejaba de pensar que en el ruedo, por muy seguro que estuviera el torero de lo que hacía, tenía delante un animal, un toro bravo del que se esperaba, pelea, riesgo, peligro, emoción.  ¿No cree usted que José nos enseño que el arte y el miedo son compatibles?

José era un sabio. Según escribió el periodista peruano Felipe Sassone, Joselito “Tenía todo el toreo en la cabeza y cuando vio hacer a alguien lo que no se podía hacer, él también quiso hacer lo imposible y logró convertir la ajena audacia en propia sabiduría”. Entonces, como bien sabe, fue cuando José se templó y Juan se profesionalizó incluso en los papeles sociales. Es entonces cuando entendí que José y Juan estaban compenetrados porque sabían que se necesitaban.

Joselito, que salía al paseíllo con una sonrisa en los labios, fuera de la plaza era tímido, afable y nada ostentoso, le molestaba la popularidad. Se mordía el labio cada vez que se sentía incómodo pero el caso es que con veinte años era el gestor de la Tauromaquia. Vivió con apenas veinte años toda la pasión del poder. Joselito estaba al tanto de todo y también por ello casi siempre era acusado de todo.

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La Monumental de Sevilla

Parte V

En esta Sevilla que conocí, pronto me di cuenta de que la presencia de mi tío José Julio Lissen, un millonario empresario maderero, era incómoda en el mundo de los negocios sevillanos. Era un “nuevo rico” y esa circunstancia no era aceptada del todo por parte de la antigua sociedad sevillana. En definitiva, que su plaza de toros, este gran proyecto de construir la Monumental resultaba antipático en ciertos sectores sociales. En eso, don Rafael, mi país era bastante distinto.

Y por fin fui a conocer la plaza, en la calle Monterrey. Construida entre 1915 y 1918, era realmente imponente. Mi tío el comerciante había comprado varias huertas en este barrio donde había construido el complejo fabril “la Esperanza” en la que se hacían hilados y se almacenaban aceitunas. Y al arquitecto que había construido este complejo fue al que le encargó la plaza: José Espaiu y Muñoz. Los planos fueron obra de Francisco Urcola Lazcanotegui aunque realmente intervinieron varios arquitectos e ingenieros.

La Monumental de Sevilla era de hormigón armado levantada “con severidad clasicista” con diseño de circo taurino y un armonioso y elegante exterior de edificio público propio de los ensanches urbanísticos. Su capacidad doblaba a la de la Maestranza con 23.055 espectadores. Pero a mí, lo que más me gustaba de la plaza era la banda de música que dirigía el maestro Manuel Pérez Tejera.  Tejera, cofrade y gran aficionado, además de amigo íntimo de Gallito, había recibido el encargo de José de amenizar todas las corridas que se celebrasen en la Monumental. Era maravilloso disfrutar de la música mientras contemplabas una faena en el ruedo. Para mí, no había mejor complemento. Y además la banda de Tejera sonaba a Gloria.

Por el contrario, como usted ya sabe, desde el primer momento hubo ruido y oposición a que la plaza de toros Monumental se construyera y aunque no lo podía entender, se sucedieron los problemas. Como bien sabe, la plaza de toros de Sevilla no era ni es propiedad del gobierno sino de la Real Maestranza que ha mantenido su fuero sobre la fiesta taurina. Y muy astutamente en esta época se ha asegurado la fidelidad de Belmonte. Aunque yo no pudiera entenderlo, había visto las evidencias, don Rafael. La fecha de apertura de la plaza estaba prevista para la temporada de 1917 tras quince meses de trabajo en los que mi tío se vio involucrado en complicados trámites legales sobre la construcción y la tasación de terrenos.

 Y luego vino lo de aquella prueba de resistencia una semana antes de la fecha prevista para primeros de abril de 1917. Cada sector de la plaza se cargó durante 24 horas con 500 kilos de peso por metro cuadrado. Era un reto llevar a cabo esta prueba con sacos de arena y planchas de plomo en una plaza con capacidad para más de 23.000 espectadores. Pero antes de que pudiera terminarse, el 11 de abril de 1917 Sevilla se estremeció con la noticia de que la Monumental se había hundido. Los promotores del proyecto se lanzaron a reconstruir el edificio que pudo ser inaugurado el 6 de junio de 1918 con un cartel con Joselito, Curro Posada y Fortuna y reses de Juan Contreras.

Y también, don Rafael, estaba lo de aquellas crónicas y artículos. Don Criterio, influyente crítico taurino de El Liberal, mostró siempre su opinión contraria a la existencia de dos plazas y la preferencia por la exclusividad maestrante. Y en el periódico ABC, don Gregorio Corrochano, un partidario de Gallito, también era contrario a que Sevilla tuviera dos plazas de toros. Hasta el punto de que la crónica a la corrida del 30 de octubre de 1919 la tituló: ‘Joselito torea en el patio de su casa’ donde le dedicó duras palabras al diestro que admiraba: “desde que en Sevilla hay dos plazas de toros, no se puede ver torear en Sevilla… El público si no es dependiente también del torero, lo parece por su rendimiento incondicional… Yo no he visto más cosas que tuvieran que ver menos con el toreo y con el toro; pero aparte de eso, nos divertimos mucho… No ligó ni un pase… Pero no quedó una persona que no aplaudiese…”.

Sevilla se estremeció con la noticia de que la Monumental se había hundido.

Estuve en esa corrida, don Rafael, y no creo que fuera para tanto. Pero sí me daba cuenta de que algo pasaba. Nadie decía abiertamente que estaba en contra de la plaza hasta que leí una entrevista al conde de Santa Coloma, que firmó el crítico taurino de ABC, el 5 de marzo de 1917. “¿Es verdad que se ha negado usted a dar toros para la Plaza Monumental de Sevilla? A lo que el conde de Santa Coloma le respondió:  -Sí señor. Yo soy maestrante y no puedo contribuir a que se perjudique la plaza de la Maestranza, que es la Beneficencia de Sevilla. Gallito me pidió toros y le contesté: “Están a tu disposición todos mis toros para que los mates tú solo, en cualquier plaza, menos en la Monumental de Sevilla”.

Esto me pareció increíble pero creo que fue mucho peor la crónica de don Gregorio Corrochano del 22 de abril de 1920 en la que el afamado crítico taurino se dedicó a describir cómo se perdió en la plaza de toros sin ver nada. Qué quiere que le diga, don Rafael, la plaza era grande, pero no como para perderse.

“No os dejéis seducir por el nombre pimpante de plaza Monumental, que quiere decir plaza de grandes dimensiones, de localidades excesivas que permite abaratar los precios y dar cabida a todo lo que lo solicite. Pues es un error. En Sevilla, una vez que cesó la competencia, cuesta lo mismo ir a la Monumental que ir a la Maestranza y además aquello es tan grande y tan destartalado… Hay localidades que no encuentran ni los acomodadores… Empecé a dar vueltas por las amplias galerías como el que se mete en un laberinto… Corrí a la primera puerta y me asomé. No pasaba nada, Joselito estaba con la muleta, en medio de un silencio sepulcral. Una faena vulgar que a nadie interesaba…”. Corrochano, no me lo explico, llegó a decir que se fue de la plaza sin encontrar el tendido 1.

Después de leer estas cosas en la prensa para mí había una cuestión clara. Juan Belmonte se decantó por la Maestranza y José Gómez Ortega por la Monumental, lo que creó en el ambiente taurino el descontento pronosticado por la prensa: la afición, don Rafael, quería ver a los dos diestros torear en la misma plaza. Juan Belmonte, solo hizo dos paseíllos en el albero monumental y no lo pisó por primera vez hasta el 22 de abril de 1920: en el 18 no actuó en España y en el 19 tuvo que anular un contrato por un percance.

Joselito toreó en dieciséis ocasiones, la última vez un día después: el 23 de abril de 1920. Cosechó un gran triunfo ante los toros de Miura, el hierro de la A con asas, que tenía una leyenda negra: eran toros más difíciles de torear de ahí que Bombita pidiera un incremento de 1.000 pesetas por estas corridas. Don Criterio tituló su crónica “Una tarde de Joselito”. Aquel día, por primera vez, se abrió el palco real de la Monumental para la Reina Victoria Eugenia.

Juan Belmonte, solo hizo dos paseíllos en el albero monumental y no lo pisó por primera vez hasta el 22 de abril de 1920

La pasión era manifiesta y el interés por verlos torear juntos era más que evidente. Y no solo en este tiempo en el que la gente hacía cola en las casas de préstamo para poder pagar las entradas de los toros. En esto de querer abaratar los precios y que todo el público pudiera acceder a la plaza de toros, José, llevaba mucha razón. Aún pienso en lo que usted me contó sobre el interés que despertaban ambos ya de novilleros. Para la primera novillada del 23 de junio de 1912 se empeñaron más de 800 relojes en las casas de préstamos y el Monte de Piedad de Sevilla. Y los reventas fueron detenidos por multiplicar por diez las dos pesetas que costaba la entrada. ¿Qué era eso de la reventa?  Y cómo es que se permitía, me preguntaba. Lo que parecía lógico es que había que acabar con esa práctica.

También tenía muy claro que la Plaza Monumental de Toros de San Bernardo que habían impulsado con tanta ilusión mi tío y su admirado Joselito supuso una verdadera amenaza para la Maestranza. Y la realidad, es que la Real Maestranza sufrió los efectos de la competencia. Porque ese mismo año de 1919 en el que llegué a Sevilla, recibió dos ofertas de compra de la plaza: una del mismo propietario de la Monumental y otra de la Taurina Sevillana, la empresa que organizaba sus propias corridas.

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La Macarena y Joselito

Parte IV

La Virgen de la Esperanza Macarena de luto riguroso. ©Juan José Serrano.

He de reconocer que una de las cosas que más me sorprendió fue la devoción de Joselito por la Virgen de la Macarena, la virgen de los sevillanos. Para mí todo era muy nuevo en este asunto pero a pesar de ello, y sin entender nada de Semana Santa, de imaginería ni de hermandades, me cautivó el rostro de aquella imagen única, de indescriptible belleza a la que Sevilla entera y Joselito de manera particular, confiaba sus anhelos y depositaba todas sus esperanzas.

Me cautivaron aquellas cinco mariquillas, las esmeraldas verdes que prendían de su pecho y que me dijo usted que le había regalado su hermano después de comprarlas en una joyería de París. Se las entregó a su Virgen y ya no se las quitó. Joselito, fiel devoto y cofrade desde que juró las reglas en 1912, toreó gratis en beneficio de la hermandad en la que vestía la túnica de nazareno cada Madrugá. José era constante e iba a rezarle todos los sábados con algún amigo unos minutos antes del cierre de la parroquia, camino de su tertulia del café Nacional.

Y me contó, don Rafael, que en 1913, se encerró con seis astados en la Maestranza para comprarle una corona de oro a su Virgen. Le regaló un traje blanco para hacerle una saya nueva y hasta le preguntó al insigne Juan Manuel Rodriguez Ojeda, meses antes de que Bailaor se cruzara en su camino, cuánto costaría hacerle unos varales de oro al paso de palio. Tenía previsto matar otros seis toros en Sevilla ese mismo año. Y, no solo eso: también tuvo mucho que ver con el diseño de la ropa de los que llaman los Armaos, que me explicaron que representan una centuria romana que acompaña al señor de la Sentencia. Como bien sabe, Joselito pagó uno por uno los ropajes de los soldados romanos.

¿Romanos en Sevilla? ¿Cómo podía ser? ¡Era todo tan increíble! Pero ya me di cuenta, don Rafael, que en Sevilla todo era posible. Es más, creo, sin riesgo a equivocarme, que descubrí que existe un lenguaje universal que va más allá de los conocimientos. Me ocurrió con el toreo y también me ocurrió con este rito y tradición que es la Semana Santa.

No es otra cosa que el lenguaje de los sentimientos, el mismo que hizo que me emocionara cuando entré en San Gil y vi por primera vez la belleza infinita del rostro de la Macarena. Si no por qué una americana como yo, iba descubrirse llorando sin motivo y sin razón al contemplar la imagen de la Virgen de la Esperanza Macarena.

Así lo sentía Gallito, que era consiliario de la hermandad cuando murió en Talavera de la Reina. Yo no sabía muy bien qué significaba ese cargo pero venía a ser como un consejero o asesor del que llamaban el Hermano Mayor, que debía ser como un jefe, el que mandaba. Un cargo importante para quien lo había dado todo por su hermandad y a quien la hermandad reconoció su entrega cuando en 1916, José, aquejado de aquellas fiebres gástricas que padecía de forma recurrente, no pudo salir de nazareno. Fue entonces cuando se decidió cambiar el camino de regreso: si Joselito no pudo acompañar a la Macarena, sería la Macarena la que fuera a verlo a él.

Aquel año, como bien sabe, la Esperanza volvió por la Alameda para pasar por la casa de su más fiel devoto. Me imagino la emoción que debió sentir cuando vio venir a su Virgen. Había venido a verlo su madre, la Esperanza, la misma que le salvó la vida aquella tarde en San Sebastián cuando al entrar a matar a un toro de Saltillo, este lo prendió por el pecho.

La medalla de oro y diamantes que le había regalado su madre en la tierra, la señá Gabriela, evitó el percance. Aquello fue en el año 1913 y aquella medalla de la Macarena, abollada por el impacto del pitón, ya no se separaría del torero. Ni la Macarena de él. Las mariquillas que le regaló a su virgen siempre lucieron en su pecho. La Macarena nunca lo abandonó, hasta el punto de que se vistió de luto por su muerte. Como el propio Joselito se vistió de luto por su madre, la bailaora gitana, Gabriela Ortega.

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La casa de Joselito

Parte III

Creo que no hubo mejor escuela que esa para usted y su hermano Fernando, don Rafael. Ya sé que José se quedó huérfano a los dos años y que al llegar a la capital cambiaron de domicilio hasta en diez ocasiones. Pero el palacete que yo conocí en el número 73 de la Alameda de Hércules fue, desde luego, el centro de atención del mundo del toro por lo menos entre 1914 y 1920. En el número 76 estaba la Casa de Chicuelo, que junto a la de su familia y la casa de las Sirenas eran los tres edificios más emblemáticos de la Alameda.

Me consta que hasta la muerte de su madre, Gabriela Ortega, una gitana de Cádiz que era bailaora en el sevillano café de la Escalerilla, su hermano mantuvo tertulias de amigos y en su despacho de celebraron reuniones trascendentes en situaciones críticas para la fiesta. Y yo, que quería saberlo todo, sentía curiosidad por conocer al torero más allá de la plaza de toros, en su casa y en su ambiente, entre amigos, en su espacio íntimo y menos teatral que el de las tardes de corridas.

Y sentía mucha curiosidad por entrar en la capilla que su hermano había dedicado a Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y a nuestra Señora de la Esperanza Macarena. Esa capilla que trasladó desde la calle Santa Ana y que fue bendecida por Fray Diego de Valencina el 23 de octubre de 1913. En esa capilla donde se escuchaba misa los días festivos y donde rezaba su madre las tardes de corrida.

En la casa había dos despachos, uno suyo y otro de su hermano. Eran las dos primeras estancias desde la escalinata y antes de llegar al patio. José tenía una enorme caja de caudales, usted no. Quizá porque su hermano estuvo siempre más preocupado por mantener el bienestar económico de la familia, ya que sus padres, Fernando y Gabriela se gastaban el dinero con la misma facilidad que lo ganaban, organizando fiestas en su casa sevillana y ayudando a todos los que le pedían ayuda. Usted y Fernando heredaron este talante, y no se enfade, pero ambos se gastaban sin tope sus recursos. Joselito se preocupaba más y mucho por los honorarios que recibía por torear, no porque fuera muy ambicioso sino porque cobrar más que los demás y hacer que los empresarios se lo pagaran era un símbolo más de su autoritaria vocación torera.

Recuerdo que el despacho de Joselito era moderno, era el despacho de un torero. Sin embargo me llamó la atención algo del suyo, que para mí, define su genialidad don Rafael. Usted tenía una caja de reloj sin reloj, tenía, como su hermano, retratos familiares, y un busto del rey Don Alfonso, una bendición apostólica con indulgencia plenaria concedida por el Papa Pío X y un cuadro titulado “al corral” de Roberto Domingo en el que se copiaba una tarde de un desastre taurino suyo.

Me hizo mucha gracia la historia que usted mismo me contó. Lo vio en una exposición de asuntos taurinos: era una plaza de toros en la que el público trataba de arrojarse al ruedo. Había un torero que pinchaba desesperadamente en el cuello de un toro que sangraba por todas partes; al fondo, se veían los cabestros para llevarse al toro el corral. Y había otro torero con la pechera desgarrada en actitud de desafío ante un toro que rodaba de una estocada: “Este es el Machaquito, y este soy yo”, me dijo.

Lo compró con la condición de que el autor sustituyera la cabeza del torero por la suya. Así se hizo y ahí estaba ese cuadro desentonando con su despacho repleto de muebles antiguos. También estaba la cabeza de un toro con las dos orejas cortadas, que fue el primero que mató en Valencia después de la grave cogida que tuvo usted en Algeciras, un buen ejemplar de Pablo Romero.

Admiro su personalidad, don Rafael, no todo el mundo es capaz de ser tan crítico y reírse de  uno mismo.

Pregón de la Tertulia Taurina Macarena (12 de abril de 2015)

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Carta a don Rafael El Gallo

Parte II

Rafael Rafael Gómez Ortega "El Gallo", Fototeca EFE

Apreciado don Rafael

Cuando llegué a Sevilla hace un año, no tenía fecha de vuelta. Pretendía quedarme el tiempo que hiciera falta hasta aprenderlo todo sobre el toreo. Ahora me doy cuenta de que habría necesitado más de tres vidas para conseguirlo ¡Qué atrevida es la ignorancia, maestro! Pero por aquel tiempo creía que para lograr mi objetivo, lo mejor sería seguir los pasos de su hermano, que había sido un niño prodigio del toreo, el mejor y más grande de los toreros hasta entonces conocidos. Eso decían los entendidos, los toreros ya retirados, los toreros en activo, la afición y hasta la crítica taurina. Pero José Gómez Ortega, que lo había conseguido todo y antes que nadie, como tomar la alternativa con 17 años, también se había convertido, desde dos años antes, en el centro de la crítica, acusado de todos los males de la Fiesta.

Desde 1918, coincidiendo además con la inauguración en Sevilla de la plaza de toros de la Monumental de San Bernardo que había construido mi tío, Joselito llevó en solitario el peso de reinar en esto que ustedes llaman la Fiesta de los Toros. Es verdad que también estaba Juan Belmonte, el revolucionario torero del popular barrio de Triana del que me había hablado tanto mi tío. Pero Belmonte, que se había casado por poderes con Julia Cossío Pomar disfrutaba de una larga luna de miel en América. Joselito se había quedado solo con el peso de la Fiesta. Y los públicos y gran parte de la crítica se enzarzaron con él.

La Alameda, Sevilla y Nueva York

Con este ambiente, e invitada como sabe por mi tío José Julio Lissen, gran partidario de su hermano, llegué a Sevilla en septiembre de 1919. Para mi Sevilla era una ciudad diferente, mágica y maravillosa. ¡Eran tan distintas Sevilla y Nueva York! “A mi ciudad llegaban centenares de inmigrantes, gente miserable, sobre todo judíos y polacos, desdichados que se apretujaban en las pasarelas como el ganado que se apelotona en la mangada. Esperaban a que los agentes de admisión los examinaran, como los veterinarios examinan a las reses que van al matadero y sin contemplaciones aceptaban a unos y rechazaban a otros”.

Como sabe, los problemas de Sevilla estaban relacionados con el abastecimiento de agua potable, un alcantarillado insuficiente y anticuado, el mal estado de la pavimentación y la falta de viviendas sociales. En esto no había mucha diferencia ya que gran parte de la población vivía en corrales de vecinos muy envejecidos y en condiciones infrahumanas.

Y mire lo que le digo, don Rafael, tuve la oportunidad de intercambiar impresiones con Juan Belmonte sobre este asunto, ya que había conocido Nueva York gracias a sus viajes a México para hacer campaña americana. El mismo Belmonte me dijo que mi ciudad no le gustaba, con esa forma tan particular suya de expresarse:

“Es demasiado grande y demasiado distinto. Ni aquellas simas profundas eran calles ni aquellas hormiguitas apresuradas eran hombres, ni aquel hacinamiento de hierros y cementos, puentes y rascacielos, era una ciudad. Va un hombre por una calle de Sevilla pisando fuerte para que llegue hasta el fondo de los patios el eco de sus pasos sonoros, mirando sin tener que levantar la cabeza a los balcones, desde donde sabe que le ven a él, llenando la calle toda con su voz grave y bien entonada cuando saluda a un amigo con quien se cruza: «¡Adiós, Rafaé…!» y da gloria verlo y es un orgullo ser hombre y pasar por una calle como aquella y vivir en una ciudad así. Pero en Nueva York, donde un hombre no es nadie y una calle es un número, ¿cómo se puede vivir?”. (Biografía ‘Juan Belmonte, matador de toros’, de Manuel Chaves Nogales)

El caso es que a los dos días de llegar a Sevilla, yo estaba completamente de acuerdo con  Belmonte.

Sevilla era una ciudad cercana que me impactó conocer. Me encandiló el ambiente de sus tertulias taurinas, habituales y concurridas en los cafés de la calle Sierpes: el Central, el Nacional y el Royal. Y también los cafés de la Perla, en la calle Granada, y el  París en la plaza de la Campana. ¿Y qué decir del entorno de la Alameda donde usted y su familia tenían su casa?  Mi rincón favorito era un kiosco llamado “Plus Ultra”, de Pepe Gavira, uno de aquellos amigos de la infancia de Joselito que quiso ser torero. A mí me gustaba este sitio porque era el lugar de encuentro de aficionados a los toros, al cante y al fútbol, un deporte que se empezaba a poner de moda en el país. Era sobre todo donde se reunían los seguidores de Joselito y del Real Betis Balompié, uno de los dos equipos de fútbol de la ciudad al que me aficioné.

Kioscos de bebidas, puestos de pescao, espectáculos al aire libre de cante y baile, el cine de verano, calesitas, columpios de barcas, teatros infantiles de cristobitas durante el día, daban paso a la vida nocturna de la zona de la Alameda en los bares de alterne, los cabarés como el Zapico, que competía con el Kursaal, Internacional y las casas de citas. Como le digo, me impactó conocer esta doble vida que no paraba ni de día ni de noche.

Me encandiló el ambiente de sus tertulias taurinas, habituales y concurridas en los cafés de la calle Sierpes: el Central, el Nacional y el Royal. Y también los cafés de la Perla, en la calle Granada, y el  París en la plaza de la Campana.

Porque en la Alameda era donde se toreaba de salón. En San Bernardo, en el matadero era donde se aprendía a dar la puntilla, lugar donde estaba Limeño compañero de Joselito en esta cuadrilla de Niños Toreros de la Puerta de la Carne. Joselito toreaba a su perra Diana y allí en esa amplia plaza arbolada que era la Alameda, Fernando el Gallo, hermano de José y un auténtico mago del capote, adiestró a una excelente generación de banderilleros sevillanos.

También estaban las barberías, lugar en el que se hablaba más y mejor de toros. Eran centros de reunión, tertulias y opinión incluso hasta más allá del cierre. Aquí encontré la barbería de Bartolomé Beltrán, que como bien sabe, era un auténtico gallista que comenzó su vocación con usted, don Rafael, y luego llegó a convertirse en un propagandista de su hermano. ¿Es verdad que fue Federico Gonzalez el único que le cortó la coleta a Joselito? Él fue uno de los amigos infantiles de José Gómez Ortega al que continuó unido de por vida, como su maestro barbero.

Sé que su familia siempre estuvo vinculada al barrio macareno desde que dejaron la Huerta de Algarrobo de Gelves. He de confesarle que me habría gustado conocer esas tertulias en las que era costumbre desmonterarse cuando se hablaba de Lagartijo. La verdad es que pienso que habiendo nacido en la casa de sus padres, don Fernando Gómez y doña Gabriela Ortega, no se podía ser otra cosa que torero. Los Gómez y los Ortega eran familias toreras. El primer gallito fue un tío suyo, banderillero de Lagartijo y el mayor técnico de su tiempo. Los primeros toreros de la familia Ortega habían aprendido el oficio en el matadero de Cádiz.

Pregón taurino Tertulia Taurina Macarena (12 de abril de 2015)

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Joselito y la Monumental 95 años después

Parte I

Llegué a Sevilla en septiembre de 1919. Quería conocer a Joselito, aquel niño que a pesar de que lo sabía casi todo del toreo, lloró la primera vez que se vistió de torero.

Tenía que conocer al hombre por el que José Julio Lissen Hidalgo, un próspero empresario sevillano había emprendido una obra colosal que cumplía su sueño: la construcción de una plaza de Toros Monumental con capacidad suficiente no solo para acomodar a la afición sino para poner, con precios más bajos que los de la Maestranza, el espectáculo taurino al alcance de toda Sevilla.

Mi nombre es Eloise Lemmon Lissen. Nací en Nueva York pero mis antepasados son españoles. José Julio Lissen es primo de mi madre. Mi familia emigró primero a Cuba y se instaló en la isla hasta que dejó de ser española en 1898. La vida y el destino los llevaron a Nueva York. Los negocios prósperos de mi padre, me han permitido viajar a Europa a cumplir mi sueño.

Yo, como Joselito con la Monumental, quería vivir el sueño de conocer a los protagonistas de aquellas historias que me contaron de pequeña. Aquellas historias apasionantes en las que unos héroes imaginarios, a los que llamábamos toreros, se enfrentaban en un ruedo a fieras peligrosas sin más defensa que un trozo de tela, un capote y una muleta.

Cuando desembarqué en Sevilla, la ciudad estaba inmersa en la preparación de una Exposición Iberoamericana. La idea llevaba gestándose desde hacía diez años pero seguía sin fecha de celebración. La situación económica del país era mala, la Gran Guerra en Europa había afectado a la vida en España y varias circunstancias hacían de Sevilla una ciudad tan maravillosa como atrasada para la época, que intentaba dejar atrás el siglo XIX y entrar de lleno en el XX.


Con la idea de saberlo todo sobre el toreo y en especial sobre ese torero al que todos llamaban Gallito, llegué a Sevilla septiembre de 1919 para asistir a la Feria de San Miguel en la Plaza Monumental, en aquella plaza que se había inaugurado el año anterior y que había construido mi tío.

Joselito estaba anunciado las tres tardes de la feria. Esa temporada de 1919 también lo vi hacer el paseíllo en la plaza Monumental el 30 de octubre, en la corrida de la Macarena, la Virgen en la que el torero tenía puesta toda su fe y devoción.

Le seguí a todas las plazas como si fuera un revistero, un crítico taurino, dispuesto a escribir de sus faenas con la diferencia de que lo que yo quería era aprender. Lo seguí en las veinte corridas que toreó en el año de 1920. Estuve tres tardes en la Maestranza y otras tres en La Monumental en el mes de abril, luego viajé a Madrid, a Murcia, Játiva, Andújar, Jerez de la Frontera, Bilbao, Barcelona, Écija y Valencia.

Como he dicho, estuve en Madrid el 15 de mayo de 1920. Fue un día en el que público protestó con fuerza a los toreros. Y también estuve aquel día en que cambió todo. Aquel 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina. Quise aprender todo sobre el arte del toreo siguiendo al Rey de los Toreros, al más grande de esos héroes imaginarios de mi infancia, al que, hecho realidad, vi morir en la plaza. Un año después de llegar a Sevilla, creo que es el momento de contar lo que vi, lo que escuché, y sobre todo, lo que sentí cuando me adentré en el mundo taurino. No se me ha ocurrido mejor forma que escribirle una carta a Rafael el Gallo. Una carta que no sé si algún día me atreveré a enviarle.

Pregón taurino Tertulia Taurina Macarena (12 de abril de 2015)

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Curro Romero: «El toreo es el único espectáculo que existe de verdad y es puro»

El 18 de marzo (de 2019) se cumplen 60 años de la alternativa del Faraón de Camas en la Feria de Fallas de Valencia. El maestro repasa y recuerda su trayectoria vital y artística

La memoria conserva todos los detalles. No se trata de datos ni de números sino de vivencias y sensaciones. Una manera de respirar, de sentir y de vivir. La única forma posible de andar por el mundo. Una filosofía que da sentido a la vida. Han pasado 60 años pero los recuerdos de Curro Romero permanecen intactos. El 18 de marzo de 1959 fue miércoles. Hubo tres cuartos de entrada en la plaza de toros de Valencia. Un novillero de Camas con mucho ambiente tomaba la alternativa en plena Feria de Fallas. La mascletá currista estaba a punto de estallar. Aquel día comenzaba una brillante e inigualable carrera como torero que llenaría de ilusiones y anhelos a sus partidarios durante más de cuatro décadas

¿Qué piensa al echar la vista atrás?

Me repito mucho en esto pero para mí estos 60 años de alternativa han sido un visto y no visto. A mí se me ha pasado el tiempo a una velocidad tremenda. Yo que soy un hombre más bien «templaete» pienso que ha sido muy rápido.

¿Qué recuerda de aquel día?

Como todos los toreros tenía una ilusión tremenda por tomar la alternativa tanto es así que la tomé en Valencia y la podía haber tomado en Sevilla. La quería ya porque después iba el Domingo de Resurrección a Málaga y a dos corridas que tenía hechas aquí en Sevilla. Con tres corridas metidas ya en el cuerpo encajaba más las cosas.

Si retrocediera en el tiempo, ¿esperaría a tomarla en Sevilla?

Sí, sí, creo que haría lo mismo porque estaba deseando torear antes de venir a Sevilla. El apoderado tuvo la habilidad o la inteligencia para que cuando vine a la Maestranza tuviera más moral. Era bueno para mí, para mi cabeza porque a veces a uno le falla.

¿Quién era su apoderado?

Era de Córdoba, Diego Martínez, que había llevado a Martorell. Se movíabien y sabía cómo encontrarte cosas para torear.

En tres meses se doctoró, se presentó en Sevilla y confirmó en Madrid.

Sí la confirmación fue muy agradable igual que la alternativa que la tomé con Gregorio Sánchez y Jaime Ostos que estaban de moda, eran sus principios. Y en Madrid, figúrate, la reaparición de Pepe Luis Vázquez y su hermano Manolo de testigo. Me dio una moral tremenda, yo era partidario de ellos de toda la vida y así estaba que no cabía en el pellejo.

Días bonitos pero sin triunfos.

La corrida se suspendió en el tercer toro porque no se podía más de agua, había caído el diluvio. No pasó nada porque la plaza estaba impracticable. Ese cartel luego se repitió en Madrid en la Feria de Otoño y menos mal que estuve bien. Me habían echado un toro para detrás y salió uno de Alea. Decía el dicho «De Alea ni los veas», pero estaba empezando y con doce o catorce pases me dieron una oreja con mucha fuerza. El toro tenía poquitas pero fue bueno. Tuve esa suerte

¿Cómo hacen los toreros para recordar las faenas?

Las cosas bonitas que te pasan se quedan grabadas. Lo bueno hay que recordarlo siempre, a lo malo hay que darle puerta.

¿Estuvo nervioso el día de su alternativa?

Siempre lo está uno pero la corrida no embistió para hacer otras cosas. No pasó nada así que fue una más.

¿Se acuerda de la cornada que sufrió Jaime Ostos?

Eso no lo recuerdo, la verdad, será eso que he dicho que hay que olvidar lo malo.

¿Conserva el traje con el que se hizo torero?

Está en la peña que tengo en Camas, se lo di para que lo tuvieran ellos. Era color caña. Siempre he intentado cuidar la ropa de torear, sacar trajes bonitos que no te duela la vista al verlos.

Llegó a la alternativa con mucho ambiente, ¿había ganas de ver a Curro Romero?

Sí, en septiembre del año 58 toreé unas novilladas en Valencia y estuve bien por eso tomé la alternativa allí. Me despedí de novillero en Castellón en el año 59.

En Sevilla también causó sensación, en su debut de novillero con «Radiador», de Benítez Cubero, el 26 de mayo del 57.

Después de haber salido varias veces por la Puerta del Príncipe los aficionados me decían que todavía no había toreado como de novillero. Y yo me preguntaba cómo había toreado. No lo sé, sería que con las ganas que tenía de torear hice cosas muy puras, y aunque siempre he intentado torear puro, aquello era más. Cuando era nuevo, de chiquillo, tenía una entrega tremenda. La pureza y la verdad tienen mucha fuerza. Eso se queda en la retina.

Hoy, al empresario de Sevilla no se le habría escapado su alternativa.

Habría sido lo ideal pero yo tenía esas corridas, la afición de Sevilla no se enfada por eso ni mucho menos.

Me repito mucho en esto pero para mí estos 60 años de alternativa han sido un visto y no visto.

Estuvo cuarenta años toreando. ¿Cree que es una marca imposible?

Eso no se lo propone uno, viene así sobre la marcha. De lo que sí tiene culpa uno es de seguir con la misma ilusión, como si empezaras, y si no se pierde se transmite a la afición. Ellos mantenían conmigo la misma ilusión y me sabían esperar a ver si les podía dar aquello que iban buscando. De vez en cuando salían las cosas.

¿Cómo era cuando no salían?

Era tremendo porque la gente siempre quiere verte bien pero el toreo no depende de uno, mayormente depende del toro, si te ayuda y te obedece. El toro bravo es noble y así surgen las cosas, pero desafortunadamente eso no sale todos los días. Creo que si saliera todos los días habría momentos de aburrimiento, las cosas buenas tienen que ser de cuando es cuando.

Curro Romero es torero. De Arte y majestad, como le cantó Camarón. La esencia, como sentenció Antonio Burgos. Curro habla de la magia y del misterio del toreo. ¿Volvería ser torero?

He sufrido y he gozado mucho. Repetiría otra vez con los ojos cerrados. Ser torero es una cosa que no se puede explicar, es tan distinto a todo cuando se hace de esa forma, con sentimiento y con armonía… Creo que el toreo es el único espectáculo que existe de verdad y es puro. Cuando el toro te coge es para reventarte, se está masticando la tragedia y que llegue un ser, un torero, yo o cualquiera, que te llegues al olvidar de la tragedia que se mastica y consigas que aquello sea alegre, que te levantas y no sabes por qué, que te salen unos oles de lo más hondo de tu cuerpo, nada más que pasa en el toreo. ¡Y qué suerte el torero que lo haga!

¿Piensa todavía en torear?

Hablaba conmigo mismo y me preguntaba hasta cuándo iba a estar porque sabía lo que me jugaba, mucho más que un triunfo o un fracaso, me jugaba la vida. Un torero que se entrega a un toro potente y que te embista con fuerza, que llegues a templarlo a esa velocidad, corre el riesgo de que un toro te eche mano y te pueda quitar de en medio. Es muy grande y muy bonito.

¿Habla del veneno del toreo?

Sí, eso es arte, claro que lo es, tienes la sensibilidad a flor de piel. En mi época había muchos toreros que salíamos del barro toreando, pero luego te das cuenta de que económicamente te bandeas bien pero se te olvida todo y quieres al toro. Ahí es donde disfrutas de la vida, más que de comer. ¿Hasta cuándo Curro, otro año más? Mi madre, que no era taurina, me lo preguntaba porque quería quitarme de ese peligro. Cuando llegó el momento que me tuve que ir, le agradezco a Dios que me iluminara porque tenía ilusión, pero las facultades faltan. El pensamiento es grande, puede más que tú y quiere llevarte a esos momentos mágicos.

¿Cómo es ver los toros desde el tendido?

Hay muchos toreros a los que me gusta ver y aunque en el tendido también se pasa miedo, mi cuerpo se emociona cuando estoy viendo a un torero torear largo y templado. Disfruto.

Ha triunfado y cortado muchas orejas pero nunca le dio importancia. ¿Cree que se valoran demasiado en la actualidad?

Creo que lo bueno es que la gente salga de la plaza toreando y hablando de ti, que bien o qué mal has estado pero que no salgan aburridos. Nunca he provocado a nadie para que me tiraran almohadillas pero había toros que no los veía y no daba lugar a que me pidieran que lo matara. Yo tenía que sentirme con un toro bravo y de exposición que es lo que llega. La exposición es la verdad y la pureza.

¿Hasta cuándo Curro, otro año más? Mi madre, que no era taurina, me lo preguntaba porque quería quitarme de ese peligro

¿Hay miedo a las broncas?

Claro, pero las broncas se las pegan a los toreros a los que el público ha visto hacer las cosas bien y con los que ha disfrutado. La técnica es necesaria pero hay que olvidarse de ella con los toros buenos; con los toros malos, ni la técnica ni el arte sirven.

Su respeto a la profesión y a los toreros le hace evitar las polémicas aunque conoce el sistema. «Los toreros parace que tienen miedo a los empresarios pero aquí solo hay que tenerle miedo al toro. Hay que mirar un poco más por todos, tiene que haber más compañerismo».

¿Y qué pasa con el aficionado?

Los aficionados son los que pueden cambiar la situación. Pueden decidir no ir a la plaza porque no van los toreros que les gustan. Y aquí el que se va no vuelve.

¿Qué siente ahora al volver a la Maestranza?

En los medios y hasta con la plaza vacía te entra por tu cuerpo una cosa extraña. Tiene una personalidad y una vida… es única. Sevilla es la que me parió y la que me mantuvo, sin duda.

¿Qué es lo que echa más de menos de no torear?

Eso mismo, no torear. Se lo digo a gente que escribe muy bien, a pintores que, aunque sus cuadros no valgan millones, saben de qué va el arte. Les digo que tienen mucha suerte de estar con 80 y 90 años, si la cabeza está bien, derrochando arte por los cuatro costados. Y eso que lo mío fue como un milagro, tanto tiempo exponiendo, con una edad, y olvidarte de que te puede pasar algo feo. Y más difícil es tener una legión de aficionados que te sigan y que esperen. Aquí no se despide nadie es que te echan. El que mantiene una afición… eso es nacer con la suerte más grande del mundo. No existe un hombre con más suerte que yo. ¡Qué maravilla!


«A veces me digo, ¿Yo he toreado? ¿He sido torero?»

Curro Romero es Medalla de Andalucía, de las Bellas Artes y Premio de Cultura de la Universidad de Sevilla y sobre todo una persona sencilla y agradecida. Lo ha conseguido todo y conserva una humildad tan grande como sus triunfos.

.«Siempre lo he visto tan natural todo que no me creo nada. A veces estoy viendo una corrida de toros y me digo ¿Yo he toreado? ¿He sido torero? Es tremendo. Hasta que salía un toro malo lo veía todo tan normalito, que pensaba que todo era sentir y transmitir. Ese el mensaje mío, no he mirado nunca para los públicos sino para el toro y para mí. A veces quería salir de la plaza y ser invisible, que nadie me viera salir y estar solito luego, quería gozar… pero la vida es así y hay que estar agradecido a los que te han seguido. He conocido a grandes aficionados y es algo que también ha desaparecido aunque hay algunas excepciones».

El currismo llega tan lejos que hay curristas que no lo han visto torear. «Creo que los abuelos y los padres han hablado tanto de mi que vienen chavales jóvenes que me piden hacerse fotos para enseñárselas a ellos. Algunos me dicen que solo me han visto en videos. Y el video vale para recordar cosas pero no es lo mismo. A mí no me gusta verme».

La última vez que lo vimos torear fue en La Algaba, el 22 de octubre de 2000. «Pensaba decir cuando me fui que a lo mejor toreaba algunos festivales benéficos pero luego dije que ni en festivales ni en el campo. Esto se ha acabado y se ha acabado. No es lo mismo una corrida de toros con un toro bello, con su trapío, que un festival o en el campo una becerra. La fuerza la tiene un animal serio, con todas sus características».

Esa legión de seguidores, los que tuvieron la fortuna de verlo torear y los que no, todavía sueñan con Curro Romero, el torero que con su muleta y su capote supo parar el tiempo.