La rivalidad dela Maestranza y la Monumental era lo mismo que enfrentar a belmontistas con gallistas. No podía entender cómo personas que no habían visto torear ni a uno ni a otro, se enzarzaban en acaloradas discusiones que podían llegar a las manos.
La competencia era furibunda entre los partidarios que querían verlos enzarzados hasta fuera de la plaza. Esta competencia venía de lejos y empezó en el año 1914. Me lo confirmó, el propio Belmonte: “El público y las empresas se obstinaban en colocarnos frente a frente… Joselito era un rival temible: su pujante juventud no había sentido aún la rémora de ningún fracaso… Frente a él yo tomaba fatalmente la apariencia de un simple mortal que para triunfar ha de hacer un esfuerzo patético…” (biografía ‘Juan Belmonte, matador de toros’, de Manuel Chaves Nogales)
De hecho, desde la temporada de 1914 solo interesaban José y Juan. Por lo que escuchaba en la tertulias y leía en la crítica, ambos representaban cosas opuestas: la inteligencia frente a la voluntad; la ortodoxia frente a la heterodoxia. José era el clasicismo, la tradición, del lado de la burguesía y la aristocracia, de los ganaderos y los profesionales. Juan era una revolución, con la se identificaban los intelectuales y el pueblo.
Aunque bien es verdad, don Rafael, que también tuvo José amistad con intelectuales como José Bergamín, presentado por su cuñado Ignacio Sánchez Mejías. Bergamín enfocó el toreo de Gallito desde una perspectiva superior. Para él, “Belmonte fue una mala revolución y Joselito un Renacimiento”.
Joselito vivía por y para el toro. Eduardo Miura dijo de él que parecía que lo había parido una vaca. El Guerra, como califa del toreo y figura máxima hasta su retirada dijo de él muchas cosas buenas: “Ya tengo torero. Ese niño ha hecho cosas que no hemos hecho más que Lagartijo, yo y él”.
Como comprenderá, don Rafael, alguien como yo que estaba aprendiendo sobre el toreo, no entendía la mitad de los términos que se utilizaban pero me quedaba con la idea que todos repetían: su hermano José era un obseso de la lidia perfecta. Su ambición y su orgullo profesional no podían permitirle un mínimo desliz. Vivía por y para el toro. Dominaba el toreo de principio a fin. Conocía al toro en la plaza porque lo conocía en el campo, sabía incluso rejonear.
Ya sabe que su hermano era un rehiletero excepcional y muy poderoso. Durante la lidia evitaba capotazos innecesarios, con la muleta era un dominador que disfrutaba en las situaciones límite y cuando algunos lo consideraron un ventajista, imagino que recuerda cómo lo defendió Antonio Fuentes: “ha sido el torero más valiente de todos los que han salido, como el Guerra, eliminó la sensación de peligro de los ruedos”.
¿Pero tendría miedo José delante los toros? Es algo que siempre me pregunté. Esa forma de dominar la situación, de saber qué hacer en todo momento, quizá se malinterpretaba. El peligro estaba siempre presente. No dejaba de pensar que en el ruedo, por muy seguro que estuviera el torero de lo que hacía, tenía delante un animal, un toro bravo del que se esperaba, pelea, riesgo, peligro, emoción. ¿No cree usted que José nos enseño que el arte y el miedo son compatibles?
José era un sabio. Según escribió el periodista peruano Felipe Sassone, Joselito “Tenía todo el toreo en la cabeza y cuando vio hacer a alguien lo que no se podía hacer, él también quiso hacer lo imposible y logró convertir la ajena audacia en propia sabiduría”. Entonces, como bien sabe, fue cuando José se templó y Juan se profesionalizó incluso en los papeles sociales. Es entonces cuando entendí que José y Juan estaban compenetrados porque sabían que se necesitaban.
Joselito, que salía al paseíllo con una sonrisa en los labios, fuera de la plaza era tímido, afable y nada ostentoso, le molestaba la popularidad. Se mordía el labio cada vez que se sentía incómodo pero el caso es que con veinte años era el gestor de la Tauromaquia. Vivió con apenas veinte años toda la pasión del poder. Joselito estaba al tanto de todo y también por ello casi siempre era acusado de todo.
En esta Sevilla que conocí, pronto me di cuenta de que la presencia de mi tío José Julio Lissen, un millonario empresario maderero, era incómoda en el mundo de los negocios sevillanos. Era un “nuevo rico” y esa circunstancia no era aceptada del todo por parte de la antigua sociedad sevillana. En definitiva, que su plaza de toros, este gran proyecto de construir la Monumental resultaba antipático en ciertos sectores sociales. En eso, don Rafael, mi país era bastante distinto.
Y por fin fui a conocer la plaza, en la calle Monterrey. Construida entre 1915 y 1918, era realmente imponente. Mi tío el comerciante había comprado varias huertas en este barrio donde había construido el complejo fabril “la Esperanza” en la que se hacían hilados y se almacenaban aceitunas. Y al arquitecto que había construido este complejo fue al que le encargó la plaza: José Espaiu y Muñoz. Los planos fueron obra de Francisco Urcola Lazcanotegui aunque realmente intervinieron varios arquitectos e ingenieros.
La Monumental de Sevilla era de hormigón armado levantada “con severidad clasicista” con diseño de circo taurino y un armonioso y elegante exterior de edificio público propio de los ensanches urbanísticos. Su capacidad doblaba a la de la Maestranza con 23.055 espectadores. Pero a mí, lo que más me gustaba de la plaza era la banda de música que dirigía el maestro Manuel Pérez Tejera. Tejera, cofrade y gran aficionado, además de amigo íntimo de Gallito, había recibido el encargo de José de amenizar todas las corridas que se celebrasen en la Monumental. Era maravilloso disfrutar de la música mientras contemplabas una faena en el ruedo. Para mí, no había mejor complemento. Y además la banda de Tejera sonaba a Gloria.
Por el contrario, como usted ya sabe, desde el primer momento hubo ruido y oposición a que la plaza de toros Monumental se construyera y aunque no lo podía entender, se sucedieron los problemas. Como bien sabe, la plaza de toros de Sevilla no era ni es propiedad del gobierno sino de la Real Maestranza que ha mantenido su fuero sobre la fiesta taurina. Y muy astutamente en esta época se ha asegurado la fidelidad de Belmonte. Aunque yo no pudiera entenderlo, había visto las evidencias, don Rafael. La fecha de apertura de la plaza estaba prevista para la temporada de 1917 tras quince meses de trabajo en los que mi tío se vio involucrado en complicados trámites legales sobre la construcción y la tasación de terrenos.
Y luego vino lo de aquella prueba de resistencia una semana antes de la fecha prevista para primeros de abril de 1917. Cada sector de la plaza se cargó durante 24 horas con 500 kilos de peso por metro cuadrado. Era un reto llevar a cabo esta prueba con sacos de arena y planchas de plomo en una plaza con capacidad para más de 23.000 espectadores. Pero antes de que pudiera terminarse, el 11 de abril de 1917 Sevilla se estremeció con la noticia de que la Monumental se había hundido. Los promotores del proyecto se lanzaron a reconstruir el edificio que pudo ser inaugurado el 6 de junio de 1918 con un cartel con Joselito, Curro Posada y Fortuna y reses de Juan Contreras.
Y también, don Rafael, estaba lo de aquellas crónicas y artículos. Don Criterio, influyente crítico taurino de El Liberal, mostró siempre su opinión contraria a la existencia de dos plazas y la preferencia por la exclusividad maestrante. Y en el periódico ABC, don Gregorio Corrochano, un partidario de Gallito, también era contrario a que Sevilla tuviera dos plazas de toros. Hasta el punto de que la crónica a la corrida del 30 de octubre de 1919 la tituló: ‘Joselito torea en el patio de su casa’ donde le dedicó duras palabras al diestro que admiraba: “desde que en Sevilla hay dos plazas de toros, no se puede ver torear en Sevilla… El público si no es dependiente también del torero, lo parece por su rendimiento incondicional… Yo no he visto más cosas que tuvieran que ver menos con el toreo y con el toro; pero aparte de eso, nos divertimos mucho… No ligó ni un pase… Pero no quedó una persona que no aplaudiese…”.
Sevilla se estremeció con la noticia de que la Monumental se había hundido.
Estuve en esa corrida, don Rafael, y no creo que fuera para tanto. Pero sí me daba cuenta de que algo pasaba. Nadie decía abiertamente que estaba en contra de la plaza hasta que leí una entrevista al conde de Santa Coloma, que firmó el crítico taurino de ABC, el 5 de marzo de 1917. “¿Es verdad que se ha negado usted a dar toros para la Plaza Monumental de Sevilla? A lo que el conde de Santa Coloma le respondió: -Sí señor. Yo soy maestrante y no puedo contribuir a que se perjudique la plaza de la Maestranza, que es la Beneficencia de Sevilla. Gallito me pidió toros y le contesté: “Están a tu disposición todos mis toros para que los mates tú solo, en cualquier plaza, menos en la Monumental de Sevilla”.
Esto me pareció increíble pero creo que fue mucho peor la crónica de don Gregorio Corrochano del 22 de abril de 1920 en la que el afamado crítico taurino se dedicó a describir cómo se perdió en la plaza de toros sin ver nada. Qué quiere que le diga, don Rafael, la plaza era grande, pero no como para perderse.
“No os dejéis seducir por el nombre pimpante de plaza Monumental, que quiere decir plaza de grandes dimensiones, de localidades excesivas que permite abaratar los precios y dar cabida a todo lo que lo solicite. Pues es un error. En Sevilla, una vez que cesó la competencia, cuesta lo mismo ir a la Monumental que ir a la Maestranza y además aquello es tan grande y tan destartalado… Hay localidades que no encuentran ni los acomodadores… Empecé a dar vueltas por las amplias galerías como el que se mete en un laberinto… Corrí a la primera puerta y me asomé. No pasaba nada, Joselito estaba con la muleta, en medio de un silencio sepulcral. Una faena vulgar que a nadie interesaba…”. Corrochano, no me lo explico, llegó a decir que se fue de la plaza sin encontrar el tendido 1.
Después de leer estas cosas en la prensa para mí había una cuestión clara. Juan Belmonte se decantó por la Maestranza y José Gómez Ortega por la Monumental, lo que creó en el ambiente taurino el descontento pronosticado por la prensa: la afición, don Rafael, quería ver a los dos diestros torear en la misma plaza. Juan Belmonte, solo hizo dos paseíllos en el albero monumental y no lo pisó por primera vez hasta el 22 de abril de 1920: en el 18 no actuó en España y en el 19 tuvo que anular un contrato por un percance.
Joselito toreó en dieciséis ocasiones, la última vez un día después: el 23 de abril de 1920. Cosechó un gran triunfo ante los toros de Miura, el hierro de la A con asas, que tenía una leyenda negra: eran toros más difíciles de torear de ahí que Bombita pidiera un incremento de 1.000 pesetas por estas corridas. Don Criterio tituló su crónica “Una tarde de Joselito”. Aquel día, por primera vez, se abrió el palco real de la Monumental para la Reina Victoria Eugenia.
Juan Belmonte, solo hizo dos paseíllos en el albero monumental y no lo pisó por primera vez hasta el 22 de abril de 1920
La pasión era manifiesta y el interés por verlos torear juntos era más que evidente. Y no solo en este tiempo en el que la gente hacía cola en las casas de préstamo para poder pagar las entradas de los toros. En esto de querer abaratar los precios y que todo el público pudiera acceder a la plaza de toros, José, llevaba mucha razón. Aún pienso en lo que usted me contó sobre el interés que despertaban ambos ya de novilleros. Para la primera novillada del 23 de junio de 1912 se empeñaron más de 800 relojes en las casas de préstamos y el Monte de Piedad de Sevilla. Y los reventas fueron detenidos por multiplicar por diez las dos pesetas que costaba la entrada. ¿Qué era eso de la reventa? Y cómo es que se permitía, me preguntaba. Lo que parecía lógico es que había que acabar con esa práctica.
También tenía muy claro que la Plaza Monumental de Toros de San Bernardo que habían impulsado con tanta ilusión mi tío y su admirado Joselito supuso una verdadera amenaza para la Maestranza. Y la realidad, es que la Real Maestranza sufrió los efectos de la competencia. Porque ese mismo año de 1919 en el que llegué a Sevilla, recibió dos ofertas de compra de la plaza: una del mismo propietario de la Monumental y otra de la Taurina Sevillana, la empresa que organizaba sus propias corridas.
Diez puntos de vista para desmontar la limitación del número de nazarenos en las cofradías sevillanas
«No se ha dado jamás el caso de que una hermandad haya tenido que alquilar nazarenos». La frase la escribió Manuel Chaves Nogales en 1935 como apertura de uno sus magníficos reportajes sobre la Semana Santa de Sevilla. En concreto, el dedicado a Los cofrades en la intimidad. Siempre es bueno acudir a los clásicos. Mucho más si tienen la maestría del periodista sevillano aunque sus textos sigan siendo un tesoro por descubrir.
«El día que esto ocurriera los penitentes se convertirían en comparsas y la Semana Santa en una mascarada» continúa Chaves Nogales. A Sevilla nunca la faltaron nazarenos como demuestra este análisis que pronto cumplirá un siglo. Estas crónicas cofrades cobran vigencia 87 años después. Ahora que los nazarenos tienen una revista con su nombre hay quienes quieren condenarlos y declararlos culpables de los grandes males de nuestra Fiesta Mayor. Sí, algunos sostienen desde hace tiempo y otros han sugerido de forma reciente que «sobran nazarenos». Ese podría ser el titular que se esconde tras el fantasma de la pandemia. Han sido dos años de aforos limitados, de contar el número de comensales hasta en las reuniones familiares. Aprovechando la coyuntura del COVID, que ha pasado de 19 a 22, hay quien ha querido tirar más de la cuerda para intentar restringir el número de nazarenos en las calles.
¿De verdad hay tantos nazarenos? Como decía la canción. Depende. Continuando con la letra y para repartir entre todos un poco de jarabe de palo preguntemos que «de qué depende» y afirmemos que «de según como se mire, todo depende». No es lo mismo preguntárselo a una hermandad de barrio o de la Madrugá que a una del centro o de negro que desearía contar con un puñado más de capirotes para organizar su cofradía y repartir las insignias con desahogo. Analizaremos la cuestión desde diez puntos de vista para ver de dónde surge la idea y llegar a alguna conclusión.
El Palacio Arzobispal En febrero, antes de la Cuaresma de la primera Semana Santa post pandemia, el nuevo arzobispo de Sevilla realizó unas declaraciones en los micrófonos de la radio muy comentadas en redes sociales y foros cofrades. A pesar de su prudencia, a monseñor José Ángel Saiz Meneses, que acababa de aterrizar en la ciudad, le llovieron las críticas por proponer una rotación de nazarenos como solución a la saturada Semana Santa sevillana. Bisoñas declaraciones, que monseñor hablara de oídas o que alguien le hubiera indicado la que era su opinión personal para que calara como una (supuesta) postura oficial. Solo era una idea, ya que Saiz apuntó a que tendría que ser el Consejo de Hermandades y Cofradías el que buscara la solución que para eso tenían «experiencia y buena organización».
Se confirmaba que el nuevo arzobispo llevaba poco tiempo en la ciudad y desconocía ciertas claves sevillanas. En poco tiempo, monseñor se puso al día. Primero felicitó al Real Betis Balompié al proclamarse campeón de la Copa del Rey desde su cuenta de Twitter. Después dio el visto bueno a un Santo Entierro Magno en 2023.
El Consejo de Hermandades y Cofradías Tras ser apuntado de forma directa, el Consejo tomó el guante del eterno debate sobre los nazarenos. Con unas elecciones a la vista que ratificaron en el cargo a Francisco Vélez en junio, se centraron de nuevo en el conteo de penitentes en Campana. Contar nazarenos puede servir de lo mismo que contar ovejas si no se aborda lo que realmente importa. La cifra es útil para conocer el dato real de quienes procesionan por la Carrera Oficial y no el número de papeletas de sitio que comunican las hermandades. Es un dato que puede poner en evidencia los tiempos de paso, por ejemplo. Incapaces de reunirse en tiempos de confinamiento para tratar cuestiones capitales, en sus manos se encuentra la verdadera solución de este pretendido numerus clausus. Que la suerte nos acompañe.
La prensa (morada) Se puede decir que el enésimo capítulo del «caso nazarenos» resurgió en los medios de comunicación tras las declaraciones del arzobispo. Ya teníamos tema para una Cuaresma de incertidumbre tras dos años sin pasos en la calle. Lanzado el asunto solo era cuestión de darle bombo y platillo a ritmo de agrupación musical. La prensa morada, en cada entrevista a político, hermano mayor, capataz, costalero, músico, aguador o chino que vendía sillas, preguntó por cuál era la opinión sobre limitar o no el número de nazarenos. A todos menos a los afectados que no tienen, que se sepa, ninguna asociación de nazarenos unidos que los represente. Escuchamos y leímos opiniones más o menos favorables a la reducción de los cortejos. En la prensa se planteó una encuesta que dividió a los lectores: ¿Cree que hay que limitar el número de nazarenos en las procesiones de la Semana Santa de Sevilla? El «sí» obtuvo un 46% de los votos. Para el «no» había dos posibles repuestas que alcanzaron el 54% restante. En 2015, otro periódico ya había lanzado un sondeo sobre el tema con un 68% de «noes». Lo que le gusta una encuesta a un periodista.
Los hermanos mayores Tras la intervención de monseñor en la radio y según avanzaba la Cuaresma 2022 surgieron otros temas de importancia cara a la Semana Santa. Después de dos años con las túnicas guardadas en los armarios, la siguiente pregunta era evidente. ¿Cuántos nazarenos va a sacar este año La Macarena? ¿Y el Gran Poder? Las ganas de ir a la Catedral después del COVID se habían multiplicado como las nóminas de algunas hermandades. Al otro lado del puente, se complicaba con la Estrella, San Gonzalo y la Esperanza de Triana. El Amor y San Esteban también previeron un considerable aumento. La puntilla la puso -de nuevo ante los micros radiofónicos- José Antonio Fernández Cabrero, hermano mayor de la Macarena. A mediados de marzo, en pleno reparto de papeletas de sitio, apuntó que su cofradía llegaría a los 4.000 nazarenos.
La realidad es que estas cifras de catastróficas consecuencias no llegaron a cumplirse y si lo hicieron no supusieron ninguna debacle. La nota positiva fue la firme opinión de los hermanos mayores consultados: había que buscar soluciones alternativas. La estación de penitencia para un hermano es un derecho y una obligación. Cuesta imaginar quién sería el primero en proponerlo en su hermandad y mucho menos cuáles serían las consecuencias.
La Mayordomía Si se optara por limitar o rotar el número de nazarenos llegaríamos al punto sensible de toda acción: la cuestión crematística. Con el dinero hemos topado. Dado que acompañar a los titulares en la estación de penitencia es un derecho y a la vez un fin u obligación de todo hermano, hay hermandades que tienen incluidas en sus cuotas la papeleta de sitio. Otras tienen una limosna distinta. Si limitamos el número para vestir la túnica, en Mayordomía tendrían un problema. ¿Qué pasaría con aquellos que quieran salir y no puedan? ¿Hay que devolver parte del dinero? ¿Hay que hacer dos cuotas según toque salir o no en Semana Santa? ¿Tendrían los hermanos que asumir que tienen que pagar lo mismo aunque no les dejen ser nazarenos? ¿Habría que cambiar las Reglas de las hermandades? ¿Lloverían demandas en los tribunales como cuando el dinero de las sillas el año de la pandemia? Algunas preguntas con muchas respuestas. ¿Habría fuga de nazarenos a hermandades con cortejos menos numerosos para poder vestir la túnica sin condiciones?
La estación de penitencia para un hermano es un derecho y una obligación (…) ¿Habría fuga de nazarenos a hermandades con cortejos menos numerosos para poder vestir la túnica sin condiciones?
Las Nazarenas Llegado el momento de un supuesto límite del número de nazarenos habría que fijarse en el impacto de género de esta medida. ¿Alguien se ha planteado cómo afectaría a las mujeres esta limitación? Ya se sabe que cualquier decisión en la sociedad actual debe tener en cuenta este apartado. Habría que garantizar una representación de nazarenas igual a la de nazarenos para que la procesión se considere igualitaria. Sería lo justo y además lo dice la Ley. ¿Solo nos vamos a acordar de las mujeres cuando hicieron falta incrementar las nóminas de las cofradías necesitadas de hermanos? Y añadamos la excusa utilizada entonces para vetar a las hermanas. Algunas hermandades esgrimieron este mismo argumento: los cortejos se iban a saturar con la incorporación de las mujeres y por algún lado había que limitar. Es curioso que nunca se hubiera planteado esta posibilidad si, un año cualquiera, a todos los hombres en nómina se les hubiera ocurrido sacar una papeleta de sitio en Semana Santa.
Los Diputados (mayores de gobierno) Si se quisiera limitar el número de nazarenos habría que definir los criterios que se iban a seguir para hacerlo. Apuntemos al Diputado Mayor de Gobierno, responsable de los cultos externos, y pensemos en cómo se iba a decidir quién puede salir o no y el porqué: por antigüedad, por experiencia, por participación en la vida de hermandad, la edad (como ya se estipula en el Libro de Reglas de muchas hermandades) o sencillamente, por qué no, por cercanía familiar o de amistad con la Junta de Gobierno. La tesitura podría llevar a criterios dispares. Si se plantea una salida en años alternos, ¿qué pasaría si llueve? ¿Qué ocurre con aquellos hermanos que no viven en la ciudad y su única disponibilidad y deseo es hacer estación de penitencia? ¿Podrían repetir los diputados de tramo o rotarían cada año? ¿Afecta la alternancia al hermano mayor y
demás cargos de la junta? ¿Qué tal si hacemos rotar a los costaleros? Como nos contó nuestro querido y recordado Bienvenido Puelles en esta misma revista hay hermandades a las que no le faltan costaleros pero a otras, puede que sí. Con esta última opción se acabarían las listas de espera en algunos pasos mientras creamos la lista de espera de nazarenos.
Los cofrades Ya hemos hablado de los sondeos realizados por los medios de comunicación para conocer la opinión de los cofrades, pero ¿quién dice la verdad en las encuestas? Se admite que es muy tedioso ver un cortejo de más de un millar de nazarenos desde la cruz de guía al palio. Pero depende. Pesado para el que no es un frikicofrade al que le gusta admirar las insignias que portan los nazarenos, auténticas obras de arte que atesoran las cofradías. Es un clásico hacer la pegunta de qué tramo está pasando o cuántos tramos quedan. Y es común el enfado del despistado que se dirige al nazareno y no espera un silencio detrás del antifaz de un penitente de promesa o en una hermandad seria o de negro. En cualquier caso, mejor si se ve el cortejo desde una silla o sillita plegable en su defecto. El «top» está en sentarse en los palcos del Ayuntamiento. ¿Y si les preguntamos a los pequeños cofrades? La respuesta será clara. Cuantos más nazarenos mejor. Para pedir caramelos, cera, estampitas, medallitas y cualquier día, hasta un código QR en el que te cuenten la historia de la hermandad y puedas hacerte hermano sobre la marcha, a pie de cofradía.
EL CECOP «Si no queremos limitar el número de nazarenos, habrá que cambiar itinerarios y adecuar los horarios». Son las palabras de Diego Ramos, coordinador del CECOP (Centro de Coordinación Operativa) del Ayuntamiento de Sevilla. Directo al grano. Justo lo que debe proponer y resolver el Consejo de Hermandades y Cofradías de Sevilla que es quien tendría que coordinar la toma de decisiones. Antes de que el CECOP ponga una nueva valla y decida aforar el cuerpo de nazarenos. Antes de que sea tarde y se adopte otra brillante medida que funcionaría a la perfección en Cuenca pero que transformaría un poco más a la cada vez más desconocida Semana Santa de Sevilla. Más seguridad, más protección e intervención a costa de tener menos espontaneidad y capacidad de improvisación. Todo lo que sea por controlar cómo se manifiesta la religiosidad popular.
Los Nazarenos Dejamos para el final a los protagonistas. No es de extrañar teniendo en cuenta que nuestros nazarenos no tienen ni una sola referencia, ni presencia a modo de estatua en Sevilla. Sorprende (o no) porque los nazarenos son anónimos. No disfrutan de ir debajo del paso ni de ver a las imágenes. No reciben el aplauso del público por una chicotá o por un interminable solo de corneta. Sin embargo, los nazarenos son los que hacen la cofradía en la calle. ¿Cuántos monumentos en homenaje al soldado desconocido ha visto por el mundo? Unos cuantos si ha viajado. Cualquiera que haya vestido o vista una túnica sabe lo que piensa un nazareno de este debate. ¿Por qué apuntan a los cirios? Son los nazarenos quienes tienen que ir de tres y hasta de cuatro para comprimir la cofradía. Son los que soportan bullas, empujones y pisotones, los que cumplen con las normas y reciben las indicaciones, no siempre amables, de los diputados de tramo, con su cruz, cirio o rosario. Es al cuerpo de nazarenos el que se sacrifica antes que a una triunfal entrada en Campana. Los nazarenos son los que pasan calor y frío, los que aguantan parones en la calle cuando hace falta y se mojan cuando toca. Y sin poder salir de la fila.
Nuestros nazarenos no tienen ni una sola referencia, ni presencia a modo de estatua en Sevilla. Sorprende (o no) porque los nazarenos son anónimos.
Conclusiones A estas alturas de artículo, ¿quién defiende que sobran nazarenos? Puede que aquellos a los que les falta capacidad para tomar decisiones e imaginación para hacer propuestas. Si no defendemos a los nazarenos, pieza clave de la Semana Santa de Sevilla, ¿quién acompañará a las imágenes? Limitar el número de nazarenos no es la solución a un problema logístico que tienen los encargados de hacer que la Semana Santa funcione como siempre. Cada nazareno tiene su historia. Cada uno guarda un tesoro familiar y viste la túnica por fe, por devoción, por tradición o por afición. Todos sueñan con hacer estación de penitencia cada año. Que le pregunten a un nazareno del Cachorro si es duro quedarse en la Basílica un Viernes Santo. Es incomprensible crucificar a las nazarenos como solución a los problemas de la Semana Santa en lugar de cambiar itinerarios, ampliar horarios o modificar recorridos. Cualquier idea es buena menos apuntar al que cumple penitencia con la cara tapada. A Sevilla nunca le faltaron nazarenos. Como escribió Chaves Nogales, «jamás se ha contratado a un hombre mediante estipendio para salir de nazareno. Alguna vez, cuando más han escaseado los penitentes, como ocurrió en el segundo año de la República, lo que se ha hecho ha sido perdonar la limosna que todo cofrade tiene que hacer para pedir la túnica». Quizá otro día hablemos de ello. Ahora hay que evitar que la Semana Santa de Sevilla, como escribió nuestro periodista, se convierta en una mascarada y los penitentes en una comparsa. Sin nazarenos no hay cofradías. Sin nazarenos no hay Semana Santa.